
El pulque es una de las bebidas más tradicionales de nuestra región y forma parte importante de la historia y la identidad de Santa Ana. Su elaboración es un proceso natural que requiere paciencia y el cuidado de los magueyes durante varios años.
Todo comienza con la elección de un maguey maduro, de aproximadamente cuatro o cinco años de edad. Cuando está listo, se “quiebra” el centro de la planta, es decir, se corta el corazón del maguey para que comience a brotar un líquido dulce llamado aguamiel.
Cada día, el tlachiquero (la persona encargada de recolectarlo) raspa el interior del maguey y extrae el aguamiel que la planta produce de manera constante.
Este aguamiel se junta en un recipiente grande, donde se le agrega una pequeña cantidad de pulque del día anterior. Ese “pulque madre” sirve como fermento natural que inicia el proceso de transformación del aguamiel en pulque.
Después de unas horas de reposo y fermentación, el líquido adquiere su sabor característico: ligeramente ácido, espumoso y con un aroma único.
Además del pulque natural, en Santa Ana también se preparan los curados, una deliciosa variante hecha al mezclar el pulque con frutas naturales como guayaba, fresa, mango o piña. Estos curados conservan la esencia del pulque pero con un toque dulce y afrutado que los hace muy populares.
Incluso hay quienes experimentan con sabores más modernos, mezclando el pulque con refresco rojo, una combinación muy conocida y apreciada por muchos en la comunidad.
Con el paso del tiempo, el pulque pierde parte de su dulzura natural y su sabor se vuelve más fuerte y ácido. Para mantener su sabor original, se le agrega más aguamiel fresca, lo que lo hace volver a su punto justo: dulce, suave y con el gusto tradicional que tanto identifica a Santa Ana.




